6 Oct
UN LLAMADO A LA FIDELIDAD HISTÓRICA DE NUESTRA FE
Por Jorge, el Martes 6 Octubre 2009
UN LLAMADO A LA FIDELIDAD HISTÓRICA
“Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros.” (II Timoteo 2.2)
Vivimos en días cuando los hombres buscan romper con el pasado, se habla de quebrar los yugos de la historia, se quiere mirar hacia adelante sin considerar el atrás. El hombre del siglo XXI ha logrado avances que ningún otro siglo siquiera pensó. La arrogancia de nuestro siglo es mirar el pasado con vergüenza y estupor. ¿Cómo pudimos vivir tantos años en ignorancia? Es el grito emancipador con el que se dio a luz el nuevo milenio. Las ideas progresistas se han asumido como ciertas, todas ellas. Tal vez la huella de un mundo evolucionando trae consigo atractivos y desafíos importantes en cada generación, que en respuesta a los límites impuestos por el pasado, buscan desarrollarse plenamente.
Desafortunadamente la teología no ha escapado a dicho espíritu de tal forma que hemos llegado a un estado tal que si se quiere ganar respeto y un lugar prominente en los estantes de las librerías cristianas el llamado es a ser novedoso, a romper con el pasado, a criticar lo que para nuestra época simplemente es anticuado. Lo que se desarrollara en el área teológica en el siglo antepasado y de una manera académica y filosófica, abonó el terreno para que hoy seamos testigos presenciales de comunidades cristianas viviendo el cristianismo fundamentados en meras novedades doctrinales. Este espíritu se deja ver entre otras cosas, por la avalancha de “best-sellers” que se suceden el uno al otro a tal velocidad que apenas alcanzamos a saber de alguno cuando otro ya está en producción. Todos ellos promocionados como “grandes novedades” editoriales y son de consumo masivo por dichas comunidades.
Y decimos que es un hecho desafortunado[1] porque el prestigio que la novedad o ruptura del pasado puedan representar en otras áreas, en el cristianismo no solo es peligroso sino que puede rayar hasta en lo herético. La novedad, no es una virtud cuando de doctrina y fe se tratan, más bien es una de las señales que detectan un desvío de facto de las doctrinas fundamentales de la misma. Separar doctrina de sus antecedentes históricos en el estudio serio de la Palabra de Dios no es algo que un estudiante leal de las mismas pueda permitirse obviar sin ser conducido a una teología amputada. Berkhof lo señala con claridad hablando de esto:
“Ha habido mucho de esto en el pasado y aun lo hay, incluso en la actualidad. El resultado ha sido la falta de un adecuado entendimiento y la falta de una correcta evaluación de doctrina. No se percibía el hecho de que el Espíritu Santo guiaba a la Iglesia a la interpretación y desarrollo de la verdad tal y como es revelada en la Palabra de Dios. Los controles y señalizaciones del pasado no fueron tomados en consideración y antiguas herejías, hace mucho tiempo condenadas por la Iglesia, constantemente se están representando como nuevos descubrimientos. Las lecciones del pasado son grandemente descuidadas, y muchos parecen sentir que deben lanzarse solos al camino, como si nada se hubiese hecho en el pasado. Por cierto que un teólogo tiene que tener en cuenta la situación actual del mundo religioso y siempre estudiar la verdad nuevamente, pero no puede descuidar, con impunidad, las lecciones del pasado[2].
Dice Martin: Por desgracia, vivimos en una era…que está marcada por el relativismo existencial, el antiautoritarismo, y el aislacionismo histórico[3]. Un espíritu, por cierto, contrario y ajeno al pensamiento del apóstol Pablo tal y como está expresado en el texto que tenemos por delante: “Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros.” Tres generaciones, por lo menos, son mencionadas aquí y todas y cada una de ellas comprometidas no con la novedad sino con la transmisión del mismo encargo. Digo tres, porque podríamos pensar en una cuarta si consideramos que Pablo, a su vez, tuvo que aprender de alguien (Cristo). Y aún una quinta y una sexta, etc., si pensamos en todas aquellas generaciones que han sucedido a los apóstoles y sus inmediatos seguidores hasta llegar a nuestros días. Insisto, a todas y cada una de ellas se les recomienda transmitir el mismo encargo, cuidarlo, mantenerlo fiel.
NOVEDAD O FIDELIDAD
Fidelidad, no novedad, es el grito apostólico en procura de cuidar el mayor y más precioso encargo que Dios ha puesto en manos humanas: Su Palabra. No me equivoco al decir que todos los que nos encontramos aquí tenemos un ardiente deseo en nuestro corazón por ser fieles a la Palabra de Dios. Creo que por lo menos esta es una de las razones por las cuales buscamos capacitarnos mejor en el estudio de las Sagradas Escrituras.
En procuras de esta loable meta de capacitación espiritual, debemos poner atención a los malos sustitutos con que hemos reemplazado virtudes claramente Bíblicas y espirituales como la fidelidad, la verdad, lealtad, perseverancia en la fe y otras si es que nuestro deseo es llevar la Palabra de Dios a todas las implicaciones necesarias en toda área de la vida e Iglesia. Hoy es común escuchar los sustitutos modernos (mundanos) como éxito, multitudes, ganancias, impacto y más. Permítanos precisar más. Si se preguntaran a los ministros en general la manera de medir su eficacia ministerial, su respuesta se inclinaría al activismo, efectismo, las estadísticas, ganancias y otras. Pero veríamos ausente de su evaluación ministerial el apego fiel y diligente a las virtudes Bíblicas que denotan su verdadera eficacia.
Podemos ser muy apresurados al pasar por alto este punto y creernos de aquellos que andan en fidelidad. Pero quisiéramos preguntar acerca de la doctrina funcional más que de la teórica ya que muchas veces desligamos lo que confesamos con lo que en la práctica usamos. Es necesario evaluar en la vida ministerial la razón de hacer o desechar, instaurar o abolir los elementos del desarrollo eclesial. ¿Cuál es el fundamento? ¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Porque funciona? ¿Porque da resultados? ¿Porque lo dice la Palabra de Dios? Miremos el contenido de nuestras predicaciones, a qué están dirigidas y de dónde parten. Tal vez las necesidades percibidas pesan más en nuestro ministerio que la Palabra de Dios. Pero es necesario pasar por la evaluación nuestro evangelismo, liderazgo, liturgia, enseñanzas, organización eclesial, etc.
El llamado es a la fidelidad y se debe advertir algo. Esta virtud muchas veces compite con el pragmatismo y la novedad. Ésta es un veneno al espíritu a-histórico de nuestra generación porque de hecho implica un presupuesto anterior a nosotros. Al señalar hacia la fidelidad doctrinal, estamos dando por sentado la existencia previa de eso llamado doctrina. Fidelidad es el llamado del apóstol inspirado. Dios nos conceda de la fidelidad necesaria para no perder el rumbo… o para retomarlo. Pues bien, tenemos en este verso algunos elementos esenciales que nos van a ayudar en nuestra búsqueda por la fidelidad a la Palabra de Dios:
UN ENCARGO: LA TRADICIÓN APOSTÓLICA
UNOS ENCARGADOS: HOMBRES FIELES
UNA MANERA: FIDELIDAD
I. UN ENCARGO: LA TRADICIÓN APOSTÓLICA
Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros.
TRADICIÓN
Tradición es un término que no nos gusta por su connotación católico-romana, pero debemos reconocer que la Biblia sí habla de una tradición apostólica, por supuesto verdadera. Recordemos que inicial y primordialmente la instrucción apostólica era oral, sólo luego escrita. En las cartas neotestamentarias tenemos más bien un resumen de lo que los apóstoles enseñaron a las iglesias, no la totalidad de la tales. Ésta fue la revelación Escrita que Dios nos quiso dejar.
Algunos textos que dejan en claro que existió tal tradición oral son:
- “Os alabo, hermanos, porque en todo os acordáis de mí, y retenéis las instrucciones tal como os las entregué.” (I Cor 11.2)
- “Así que, hermanos, estad firmes, y retened la doctrina que habéis aprendido, sea por palabra, o por carta nuestra.” (II Tes 2.15)
- “Pero os ordenamos, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que os apartéis de todo hermano que ande desordenadamente, y no según la enseñanza que recibisteis de nosotros.” (II Tes 3.6)
En cada uno de estos casos la palabra resaltada traduce la palabra griega paradosis (παράδοσις), que según el diccionario significa “lo que es transmitido”[4]. Es de resaltar dos puntos bien importantes:
a. Que para la época apostólica, ya existía un sistema concreto de creencias llamado la fe, doctrina, enseñanza, verdad, evangelio, que era claramente distinguible de lo que no lo era. (Rom 16: 17; I Tim 1: 3, 10; 6:3; II Tim 4:3; Gal 1: 6,7) Es decir, en tiempos de la primera Iglesia notamos la existencia de la doctrina fundamental que podía definirse con claridad y que se podía determinar cuando pasaba a ser una ‘doctrina distinta’ o un ‘evangelio diferente’.
b. Que tanto los apóstoles como sus seguidores eran conscientes que la enseñanza acerca de Jesucristo y de esta doctrina (o fe, verdad etc,) era algo que debía “transmitirse”. En otras palabras, pasarse como un encargo de generación en generación. Tal transmisión se hace por vía oral, por supuesto, para las generaciones subsiguientes a los apóstoles, en completa concordancia y sumisión a la revelación dada y escrita por ellos.
Sabemos de la necesidad que la Palabra de Dios fuera puesta por escrito, según la Confesión Bautista de 1689 “para conservar y propagar mejor la verdad… contra la corrupción de la carne y la malicia de Satanás y del mundo” (Cap. 1, par. 1). Pero esa Palabra así revelada y escrita debe ser interpretada. Los apóstoles no sólo “hablaban” la Palabra, también la “explicaban”:
- “Pablo disertaba largamente” (Hch 20.9)
- “y enseñaban” (Hch 5.21)
- “Y Pablo y Bernabé continuaron en Antioquía, enseñando la palabra del Señor” (Hch 15.35).
Fundamentados en la Palabra de Dios, los apóstoles dieron forma a lo que se puede denominar: La forma de las sanas palabras (II Tim 1: 13). Timoteo debía sujetarse no sólo a las sanas palabras sino a una forma determinada de ellas, a un patrón definido por el cual debería guiarse. Este boceto, modelo o forma consistía de las palabras que había oído de Pablo y su interpretación. El lema que actualmente es tan popular: “No importa lo que crees, basta con que seas sincero en lo que crees”, lo contradice de plano Pablo inspirado aquí. Tampoco podemos ser tan ‘generales’ con decir que nos sujetamos a la Biblia, todos los grupos lo hacen. Es precisamente a esto a lo que Pablo se refiere en su encargo a Timoteo, notemos que le dice: “para enseñar”. No simplemente para “leer” las Escrituras, sino para “enseñar” las Escrituras, de acuerdo a la norma apostólica y no a sus propios pensamientos (II Tes 3.6).
Otros textos que presentan el mismo encargo son:
- “…el que enseña, en la enseñanza” (Rom 12.7)
- “El que es enseñado en la palabra, haga partícipe de toda cosa buena al que lo instruye” (Gal 6.6)
- “Pero es necesario que el obispo sea… apto para enseñar” (I Tim 3.2)
No es extraño, entonces, que la Biblia nos hable de “la sana doctrina” como la exposición fiel de las Escrituras en concordancia con la predicación apostólica (I Tim 1.10; 6.3; 4.3; 2.1). Precisamente I Tim 4.3 nos dice, a manera de contraste, que lo contrario a ser fieles a la sana doctrina es el tener comezón de oír, una forma eufónica para decir “correr tras novedades”, “ir en pos de algo nuevo”.
ENCARGO
La palabra que en nuestro texto se traduce “encarga” es paratithemi (παρατίθημι), que es la forma verbal del mismo sustantivo paradosis considerado anteriormente (παράδοσις). En Lc 12.48 se traduce “confiado” y en Hch 14.23 “encomendaron”. De nuevo tenemos aquí una clara implicación de tradición. El encargo no es solamente las Sagradas Escrituras sino la correcta interpretación de las mismas, la interpretación apostólica.
Ahora, miremos la implicación necesaria para la Iglesia de sostener la doctrina siendo columna y baluarte de la verdad. Habrían generaciones que vendrían tras los apóstoles que creerían en Cristo por la palabra de ellos (Jn 17: 20)[5]. La consecuencia necesaria es que la Iglesia, que se edifica por el fundamento de los apóstoles, recibe las sanas palabras y la forma de las sanas palabras. Es un encargo generacional a partir de Cristo. A la Iglesia se le encomienda, se le confía esta tradición apostólica. Y sería poner en tela de juicio el sacerdocio de Cristo si dijéramos que no hay rastro histórico de este encargo a través de todas las edades. Pero damos por sentado que la historia es testigo del cumplimiento de este encargo, pasando de generación a generación la doctrina apostólica en cada era de la Iglesia, tal y como fue enseñada.
La tesis aquí es la siguiente: Hay una verdadera tradición apostólica[6] que puede ser discernida en el hilo de la historia y es nuestro deber indagar por ella, reconocerla y serle fieles. No decimos esto en demérito de las Sagradas Escrituras, más bien en pro del supremo respeto que ellas se merecen. Hermanos, debemos ser fieles a las Escrituras pero esto significa fieles en la interpretación de las Escrituras de acuerdo a la norma apostólica. La pregunta que ahora nos hacemos es esta: ¿Hay un hilo histórico que podamos reconocer como guía de lo que los apóstoles llamaron “sana doctrina”? ¿Podemos discernir en la historia aquellos hombres e Iglesias que fueron fieles al encargo apostólico? ¿Al rastrear la historia encontramos que en algún lado se ha representado en general esta tradición con más fidelidad?
La respuesta es un sí rotundo. Ahora, sin intentar hacer declaraciones superlativas, es menester leer la historia cristiana con la mayor objetividad posible y en aras al regreso a nuestra fe histórica, aceptar que es cierto que se puede establecer la realidad de esta afirmación. Si bien no se pretende decir que exista una expresión perfecta e inmaculada o una manifestación exacta e integra de la verdad absoluta, podemos verificar que si hay expresiones fieles y muy próximas al modelo de la sana doctrina. Cito a continuación las palabras de Alfonso Ropero en el libro “los hombres de Princeton”:
Por ello conviene asentar de un modo claro y tajante que por calvinismo entendemos el cristianismo en su expresión más pura y radical. Puede que muchos no estén totalmente de acuerdo con el término “calvinista” como expresión que defina a los seguidores de Jesucristo, y hay mucha razón en ello, pero entendamos que cuando aquí se usa la palabra calvinista y otras análogas no es para definir una corriente dentro del cristianismo sino precisamente ese cristianismo cuya huella puede rastrearse a través de los siglos de historia de la Iglesia retrocediendo hasta las enseñanzas de Jesús por medio de sus expresiones más claras, como las desarrolladas por Juan Calvino, Agustín, Pablo. Con esto no se pretender idolatrar al hombre, ni sustituir la Palabra de Dios por la, con todo lo honorable que sea, Confesión de Fe de Westminster, u otros escritos análogos. Nunca intentó la Reforma otra cosa que mantener en alto la sola y exclusiva autoridad de la Escritura. Por ello luchó y por ello sufrió. Esto es de sobra conocido por todos y es en este sentido histórico que usamos la palabra calvinista o reformado.[7]
II. UNOS ENCARGADOS: HOMBRES FIELES
Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros.
Pero nuestro texto nos habla de hombres quienes han recibido este encargo precioso y la única característica que subraya de los tales es “que sean fieles”. Πιστός (pistos) es un sustantivo que bien puede traducirse “permanente”, “estable”, “firme”. Cuando la Biblia dice que Dios es fiel se refiere a la inmutabilidad de Dios en su ser y en su propósito (cf. I Cor 1.9; 10.13), como consecuencia de ello el siervo del Señor debe caracterizarse por ser de una sola palabra, no como aquellos que hoy dicen una cosa y mañana otra talmente contraria:
“Mas, como Dios es fiel, nuestra palabra a vosotros no es Sí y No” (II Cor 1.18)
Pablo dice a Timoteo que el encargo de predicar (enseñar) la Palabra de Dios debe ser puesto en manos de hombres que sea fieles, que se consideren meramente instrumentos y transmisores, no innovadores o formadores de la correcta enseñanza Bíblica. Advirtiendo a sus estudiantes Spurgeon les instaba así:
“Si hablamos como embajadores de Dios, no debemos nunca quejarnos de falta de asuntos [tema de la predicación], porque nuestro mensaje abunda en los pensamientos más preciosos. Todo el Evangelio se debe presentar desde el pulpito; toda la fe, una vez entregada a los santos, debe ser proclamada por nosotros”[8].
Si el oficio de estos hombres fieles es, como lo era en un comienzo, recibir, mantener y proclamar las palabras que habían escuchado sin aumentar ni añadir sino apegarse fielmente a ellas, pudiéramos intuir que no habría campo para el error, finalmente ya todo está dicho y el oficio es instrumental. Pero no es así, siendo sinceros, contamos con poderosos adversarios que combaten dentro y fuera de nosotros haciendo el oficio contrario, buscando ‘mejorar’, ‘pulir’ o hacer ‘más agradable’ las viejas palabras del Evangelio. Advirtiendo esto, los mismos apóstoles ya habían advertido la aparición de hombres que torcían las Sagradas Letras en su tiempo:
- “Y su palabra carcomerá como gangrena; de los cuales son Himeneo y Fileto, que se desviaron de la verdad, diciendo que la resurrección ya se efectuó, y trastornan la fe de algunos.” (II Tim 2.17-18)
- “…las cuales los indoctos e inconstantes tuercen, como también las otras Escrituras, para su propia perdición”(II Ped 3.15-16)
Esta fidelidad del hombre de Dios debe ser demostrada en la obra de instrucción que realiza. Su servicio con la Palabra de Dios requiere de aptitud para enseñar. Enseñar es exponer, explicar, sistematizar. En otras palabras, el encargo que estos hombres reciben es ser fieles a la explicación apostólica de la Sagrada Escritura, lo cual es un requisito del que anhela ser obispo:
“…retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada,” (Tit 1.9)
Resaltemos que el texto dice “retenedor” y señala que su tarea es retener la palabra fiel “tal como ha sido enseñada”. John Stott hablando metafóricamente del predicador como administrador señala:
“Esta metáfora… muestra el contenido del mensaje del predicador… Si en la metáfora hay alguna enseñanza, ésta es que el predicador no provee su propio mensaje, sino que es provisto del mensaje. Si no se espera que el mayordomo alimente a la familia [que sirve] de su propio bolsillo, tampoco el predicador debe proveer su mensaje a expensas de su propio ingenio. Muchas metáforas del Nuevo Testamento señalan esa misma verdad: que la tarea del predicador es proclamar un mensaje que le ha sido dado.”[9]
Y añade en otro lugar hablando del predicador como Heraldo:
“Las buenas nuevas que ha de proclamar están contenidas en la Palabra [de Dios], de la cual él es administrador, porque la Palabra de Dios es esencialmente el relato y la interpretación del gran acto redentor de Dios en Cristo y por Cristo.”[10]
Otra vez nos sentimos constreñidos por el Espíritu que inspiró a los apóstoles a considerarnos meros conductos por medio de los cuales corra libremente la Palabra divina. Es el solemne llamado divino a través de Cristo y los apóstoles y el temor de este encargo y la solemnidad que debe rodear nuestro oficio no debe ser tomado a la ligera solo por el ánimo extrovertido de andar en novedades contemporáneas. “Los hombres pueden considerarnos como predicadores excelentes, pero tengamos cuidado de que Cristo no nos considere infieles”[11]. No nos llama el Espíritu Santo a innovar la teología que ya existía en la época apostólica y que ha sido transmitida fielmente por algunos a través de la historia de la Iglesia sino a mantenernos fieles a ella.
Ha de ser esta una de las razones más fuertes de porqué la predicación expositiva no debe ser una de las maneras de predicar sino creemos, la manera de hacerlo. Esta predicación hace honor a la Palabra de Dios, conserva los pensamientos del Espíritu Santo que la inspiró, nos lleva a indagar necesariamente por el texto dentro de su contexto, por su estudio gramático e histórico y sólo así ser fieles a la intención apostólica. Ha sido la costumbre de los hombres fieles a través de la historia proceder así. La fidelidad en recibir, mantener y proclamar la Palabra de Dios ha sido una constante en el desarrollo de la Iglesia de Cristo. La historia de la Iglesia también nos evidencia los momentos lamentables cuando las cosas no han sido así. Sectores de la Iglesia han tenido que lamentar las veces que han corrido tras las modas doctrinales, perjudicando así la vida de muchos. Pero una y otra vez esta historia se vuelve más reiterativa y cada vez más peligrosa. Es hora, entonces, de evaluar nuestros caminos.
Estos hombres, exponentes muy fieles de la tradición Bíblica y apostólica de los que hemos venido hablando, tenían unas características que vale la pena tener en cuenta en nuestro camino hacia la fidelidad bíblica:
- No predicaron nada nuevo
- Tenían una identidad histórica
- La Biblia era central
- La piedad fundamental
- Su mayor reconocimiento era que Dios es Dios
- Estaban cargados de una gran humildad
- Consideraban que eran herederos más que formadores de una teología
Hombres como Agustín, Calvino, Lutero, los puritanos, Archibald Alexander, Charles Hogde, Spurgeon, por nombrar sólo algunos, constantemente repetían que eran herederos de una larga tradición teológica. No se consideraban llamados a hacer una teología sino a defender una que ya existía pero que había sido descuidada. Siempre rechazaron las etiquetas teológicas a sus sistemas, fueron sus seguidores, y en otras ocasiones sus contradictores, quieres colocaron tales etiquetas a sus sistemas teológicos. Agustinianismo, Calvinismo, Puritanismo, Teología Reformada, son etiquetas dadas por la historia al único sistema teológico que honra a Dios, su Palabra y la verdadera tradición apostólica.
Citemos de nuevo a Ropero:
“…el mismo sentir de los reformadores del siglo XVI, siempre preocupados de ser fieles al dato revelado, con la nota adicional de que el mismo cuidado que se puso en desenmascarar toda tradición contraria a la Escritura, debe ponerse en ese afán, no menos peligroso, de la originalidad, como una búsqueda personal de lo novedoso, de lo sorprendente, como si cada generación hubiera de reinventar el cristianismo.”[12]
La tesis aquí es la siguiente: Hay una verdadera tradición apostólica que puede ser discernida en el hilo de la historia y fieles hombres de Dios dieron su vida, gastaron sus vidas, se levantaron como gigantes en su propia generación para defender tan maravilloso encargo. Si revisamos cuidadosamente la historia del Cristianismo encontraremos tales nombres y comprobaremos que su única originalidad fue predicar lo que otros ya habían dicho antes que ellos. Es un hilo que corre desde los apóstoles hasta nuestros propios días.
Desligarnos de la historia supone para nosotros muchos peligros, entre ellos podemos nombrar los siguientes:
- Hacer “popular” la fe reformada. No queremos decir con esto que la fe reformada sea elitista. Aquí popular no tiene que ver con masivo. Queremos dar a entender el peligro de popularizar hasta la disolución o al menos confusión, lo que es el cristianismo histórico. Recuerde que una de las maneras más practicas de acabar con el cristianismo primitivo fiel fue declarar que ‘todo el mundo’ era cristiano. De esta manera los distintivos cristianos históricos se confundieron entre esa popularización del cristianismo, masificando el caos. Ahora corremos el mismo peligro al propender por la pureza de la fe histórica, al situar a todo el cristianismo protestante bajo la misma cubierta. No es un intento celoso de resguardar una etiqueta, es la implicación que existe de tomar como reformado cualquier doctrina que parezca identificarse con cristianismo histórico.
- Reformar la fe más no la piedad. Según vemos, no basta con adherirnos a una Formulación doctrinal antigua para creer que encarnamos el cristianismo histórico. De hecho, es uno de los desafíos más ambiciosos del cristianismo, el ir conformándose a las implicaciones más extensas y en todas las áreas de asumir como ciertas las doctrinas históricas de la fe, así como han sido expresadas en Credos antiguos. Pretender que lo único que requerimos es fidelidad a un credo sin llevar hasta las últimas consecuencias las implicaciones de adherirnos al mismo, dejará a una Iglesia en el formalismo más que en el cristianismo histórico. Tal vez un credo antiguo pueda proveer de cierta reputación delante de los hombres, pero la piedad verdaderamente reformada requiere tanto de fidelidad confesional como de piedad practica y consecuente.
- Hacer una reforma a medias, de acuerdo a mi conveniencia o agrado. No es poco común, encontrar la tendencia de elaborar un sistema de creencias basado en la identificación personal que se tenga con ciertas doctrinas que a nivel particular atraigan. La armazón de un sistema doctrinal de manera selectiva, donde a criterio personal se pueda elegir qué creer o desechar, pone en un estado peligroso a quien lo haga, porque a la verdad, resulta el individuo siendo el parámetro de construcción doctrinal, dejando de lado la obra hecha por Dios en su iglesia durante ya miles de años. Estas reformas selectivas, no causarán fidelidad Bíblica ya que se pasa por alto el hilo conductor que el cristianismo histórico ha descubierto que tiene la teología. Las doctrinas no son retazos sueltos, sino partes de un todo y no se puede tener el beneficio del todo mutilando selectivamente y a conveniencia una de sus partes.
Déjeme poner un ejemplo. Supóngase que creemos confesionalmente en la soberanía de Dios y en el Señorío de Dios sobre todas las cosas. Pero al implicar dicha doctrina nos damos cuenta que Su Señorío se extiende también hacia la organización eclesial. ¿Ajustaremos los parámetros y cualificación del liderazgo con respecto al Señorío de Dios sobre la Iglesia? ¿No se verá implicado el evangelismo, por ejemplo, al reconocer la soberanía de Dios? ¿Qué de la verdadera adoración? ¿Qué del día del Señor?, etc. No podemos solamente tomar un poco de aquí y otro de allá y pensar que en verdad estamos siguiendo ese hilo que une y ha unido a toda la iglesia durante todos los tiempos. Ese es un gran peligro que debemos evitar y aun mas debemos advertir a la iglesia de no caer allí. Reconocemos que aquella promesa hecha por el Señor siempre se ha cumplido, “las puertas del hades no prevalecerán contra la iglesia” y al saber que esto es así, debemos resaltar esa obra que él ha hecho, y seguirla fielmente.
III. UNA MANERA: FIDELIDAd
Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros.
Por último, nuestro texto nos da luces en cuanto a la manera en que este encargo debe ser preservado por las edades: La transmisión fiel de generación en generación. La Palabra de Dios es un encargo que se pasa de generación en generación. Si fallamos en esto fallamos en lo más importante. Pero otra vez debemos enfatizar que el encargo es “enseñar”·para que a su vez éstos también “enseñen” a otros. ¿No fue en esto precisamente en lo que falló el antiguo Israel?
“Y toda aquella generación también fue reunida a sus padres. Y se levantó después de ellos otra generación que no conocía a Jehová, ni la obra que él había hecho por Israel” (Jue 2.10)
La Biblia ha sido traducida a casi todos los idiomas que hay en el mundo, pero éstas Escrituras que están traducidas deben ser “enseñadas”. Es por ese motivo que el Señor nos enseñó con su ejemplo con sus discípulos por tres años pero también nos enseñó a orar para que fueran enviados obreros a Su mies. Es por eso que la costumbre de Pablo era la misma en cada iglesia que establecía y además era el clamor que recalca con suma urgencia de esta manera:
“¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?” (Rom 10.14)
Miremos la siguiente evidencia Bíblica:
- “Y leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura” Neh 8.8
- “Acudiendo Felipe, le oyó que leía al profeta Isaías, y dijo: Pero ¿entiendes lo que lees?… Entonces Felipe, abriendo su boca, y comenzando desde esta escritura, le anunció el evangelio de Jesús.” (Hch 8.30, 35)
- “Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían.”
Notemos la maravillosa pedagogía del Espíritu Santo para salvaguardar la verdad. Inspira las Escrituras Santas por su Espíritu de tal manera que estando escritas sean guardadas de la corrupción de los siglos y las eras cambiantes. Pero se asegura de llamar hombres por el mismo Espíritu de manera que sirvan a la Iglesia como maestros o pastores-maestros. Llama a individuos específicos y los dota espiritualmente para la tarea de exponer la Palabra de Dios, asegurando otra vez que Su Palabra sea transmitida con fidelidad. Sabemos que esta aptitud viene de Dios pero aun así hay que avivarla, perfeccionarla, aumentarla según Su gracia, de manera que pasemos a la próxima generación, la forma de las sanas palabras.
Nuestro contexto latinoamericano, por muchos factores, tiene que hacer un gran esfuerzo por reconocer y atender al cristianismo histórico. El cristianismo no empezó con nosotros y nuestra tradición doctrinal es incipiente aún. Más cuando al poco tiempo de haberse introducido en nuestros países, casi que conjuntamente con el evangelio, nos llegó la perversión de dicho cristianismo. Nuestra mirada debe fijarse en la Iglesia histórica, en general. Debemos hacer serios esfuerzos por conocer la patrística, el desarrollo de la Iglesia en la época medieval, los pre-reformadores y por supuesto la reforma. Así podremos, con nuestros medios, rastrear ese hilo que nos conecta a la expresión más genuina que podamos encontrar del cristianismo histórico.
Creemos que muchas veces a causa de la manera como nos hemos desligado de la historia de la Iglesia, no hemos podido desarrollar una identidad doctrinal fiel. Sea por nuestros recursos limitados o por nuestros defectos culturales, le manera más sencilla de haber puesto nuestros cimientos doctrinales, fue la del tradicionalismo humanista. Hoy sostenemos lo que la persona que nos enseñó el Evangelio nos dijo, quien a su vez sostiene lo que otro le enseñó. Pero no hubo reflexión doctrinal, comparación con toda la Iglesia ni con el pasado. Hombres o movimientos particulares que se separaron de la línea histórica general dieron inicio a movimientos tan originales o novedosos que han fragmentado desfavorablemente para nuestro contexto, el cristianismo histórico.
“Luego, el mérito fue el haberse sabido guardar de la corrupción de la “originalidad” del mundo de la única manera que podía hacerlo, formando un pensamiento cristiano que a la vez que tenía en cuenta toda la teología de la Reforma y su anterior y posterior desarrollo, extraía su sabiduría de la inmensa cantera bíblica. Sin dejar de ser extremadamente bíblicos no quisieron renunciar a lo más provechoso y salvable de la labor de los estudiosos que les habían precedido. Como hoy muchos están descubriendo, entendieron que la labor teológica, incluso la interpretación bíblica, es una labor comunitaria ejercida desde el pasado y proyectándose hacia el futuro con ansias renovadas de ser fieles a la revelación divina. La comunidad teológica no es sólo la reducida comunidad eclesiástica de la que uno es miembro. Es la de todos los que han sido y serán “hombres fieles, idóneos para enseñar” (II Tim 2.2). Transitar o recuperar la teología reformada hoy no es sino prestar atención a la voz del hermano fiel, introducirse en una comunidad más amplia, rica y multiforme que en la que uno, como individuo, miembro de una determinada iglesia y sociedad y circunscrito a un tiempo y a un lugar, está recluido. Por otra parte, mirar con recelo la labor de los reformadores no es sino dejarse llevar por un prejuicio construido a base de tergiversaciones y mucha mala fe.”[13]
La tesis aquí es la siguiente: Hay una verdadera tradición apostólica que puede ser discernida en el hilo de la historia y que ha sido transmitida generación tras generación hasta nuestros días. No podemos ignorar la historia ni tampoco desconocer nuestro legado histórico, mucho menos desligarnos de ella a perjuicio nuestro. Hombres en el pasado fueron fieles en pasar la posta, ahora es nuestra responsabilidad para con la nueva generación. Si no nos comprometemos con el pasado histórico de la Iglesia y sus “expresiones más claras” puede ser por algunos de los siguientes miedos:
- A no ser populares
- A ser impopulares
- A ser criticados
- Al alto costo que requiere la fidelidad
No olvidemos que no hay tal como hacer teología sin presupuestos. Todos nosotros hacemos teología sobre presupuestos, lo sepamos o no, seamos conscientes de ello o no. Es nuestro deber, entonces, escoger cuidadosamente los presupuestos sobre los que edificaremos nuestra teología. Hagamos nuestro el lema de los teólogos de Princeton, quienes decían una y otra vez ” El orgullo de Princeton, si tiene razón de enorgullecerse, es su inquebrantable fidelidad a la teología de la Reforma”. O en palabras paulinas:
“Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros. ” (II Tim 2.2)
¿Cuál es el desafío entonces? Lo novedoso en nuestros días sería precisamente no ser novedosos. El desafío que nos deja la Palabra de Dios y aquellos gigantes de la fe, en palabras de Richard Barcellos, “sobre cuyos hombros nos paramos”[14] es presentar a nuestra generación la antigua fe que ha sido preservada a través de los siglos por instrumentos escogidos por Dios.
Javier Martínez, Jorge Castañeda
Revision (Eugenio Line Y Juan Pablo Cruz)
[1] La gente de nuestra propia generación, probablemente posee un menor conocimiento y sentido de la historia que cualquier generación anterior de gente culta. Hoy en día no respetamos suficientemente el valor del estudio de la historia. Vivimos bajo el dominio de la ciencia y el científico no necesita haber estudiado la historia de su ciencia para llegar a ser un experto en ella… En otras palabras, los resultados se pueden separar de la historia. Pero esto no es posible en la… teología. No se puede distinguir así entre la historia y los resultados… sin una completa comprensión de su historia. Los grandes sistemas filosóficos y teológicos, las confesiones de fe de épocas pasadas pueden parecer inadecuados como expresión de las perspectivas de generaciones posteriores, pero nunca serán rebasados. No podemos comprender los sistemas posteriores sin haber comprendido los pasados ya que el desarrollo teológico es, en su totalidad, más una evolución orgánica de lo que lo es el desarrollo del pensamiento científico. No podemos permitirnos adoptar a una actitud de superioridad hacia aquellos que generaciones anteriores formularon las grandes sistemas doctrinales, aunque sus formas de expresión no nos dejen satisfechos. Pero también, no podemos eludir los errores que cometieron, a menos que estudiemos sus enseñanzas. (Así se hicieron los credos. Alan Richardson. Págs. 15 a 29. Ed Clie)
[2] Luis Berkhof, Historia de las Doctrinas Cristianas. Estandarte de la Verdad. Grand Rapids, MI 1949. Págs. 17 – 18
[3] Robert Paul Martin, Legitimidad y uso de las Confesiones. Exposición de la Confesión Bautista De fe de 1689. Pág. 14
[4] Kittel, G. et Al. Compendio del Diccionario Teológico del NT. Libros Desafío, Grand Rapids, MI, 2002. Pg. 169.
[5] Cristo aparece en este texto como el gran Apóstol de la paradosis [encargo] del Padre, cuyo conocimiento sólo él posee. Cristo entrega dicha paradosis [encargo] a los apóstoles y éstos, al recibirla, obtienen un conocimiento verdadero. A su vez, son enviados para que, por medio de su testimonio, por el anuncio de la paradosis [encargo] de Cristo, muchos puedan también creer en el Salvador. Y de la misma manera que el conocimiento revelador del Padre y del Hijo fue dable únicamente mediante el contacto directo entre Cristo y los apóstoles, así también el conocimiento Salvador de Cristo es posible solamente en la medida que atendamos a las palabras de los apóstoles. Pues los que han de creer, “han de creer en mí por la palabra de ellos”, es decir: por la palabra apostólica. (José Grau, El Fundamento Apostólico).
[6] Entiéndase otra vez como la interpretación de las Escrituras en concordancia con la norma apostólica.
[7] Ropero, Alfonso. Los hombres de Princeton. Editorial Peregrino, España, 1994. Pg. 42.
[8] C.H. Spurgeon. Discursos a mis Estudiantes. Casa Bautista de Publicaciones. Pág. 121.
[9] John Stott. Facetas del predicador. Desafío. Pág. 16
[10] Ibid. Pág. 26
[11] Richard Baxter. El Pastor Reformado, El Ministerio que Necesitamos (1656 Londres).
[12] Ropero, Alfonso. Los hombres de Princeton. Editorial Peregrino, España, 1994. Pg. 43.
[13] Ropero, Alfonso. Los hombres de Princeton. Editorial Peregrino, España, 1994. Pg. 45.
[14] Gigantes que a su vez están parados sobre la Roca de los Siglos, nuestro Eterno e Inmutable Salvador.





![10 Paul-washer[el verdadero Evangelio]](http://www.cristianohoy.org/wp-content/uploads/2009/06/10-Paul-washerel-verdadero-Evangelio-97x73.jpg)
15:13 el día Jueves 29 Octubre 2009
HOLAS!!! Creo firmemente que este tratado contiene enseñansa biblica solida…y estoy muy de acuerdo con mantenernos “FIELES” a la sana doctrina biblica y no divorciarnos…de la historia,o menospresiarla por irnos a los extremos!!!Noto en parte de esta pieza una influencia BAUTISTA…puede der?…Un gran abrazo desde URUGUAY!!!Bendiciones! Atte. Angelo.(29/10/2009)
22:02 el día Domingo 10 Enero 2010
Saludos hermanos en Cristo, muy pronto estaré escribiendo varias prédicas de nuestro evangelio, espero contar con vosotros y compartir las Sagradas Escrituras en familia.
Un abrazo con mucho amor.
Que paseis muy bien, y que goseis en la presencia de nuestro señor Jesuscristo.
Lic. Freddy Garófalo García
Evangelista